Lo raro, lo habitual

Lo raro, lo habitual

domingo, 8 de febrero de 2015

Vida, vita, vié, life, Leben...

Yo no necesito hojas, necesito una arboleda para escribir todo aquello que nos queda sin decir, sin cantar, sin llorar, de los adictos al sufrir que prefieren callar y morir que hablar y vivir; de los egoístas cantantes de ducha que reservan su don para ellos mismos, de aquellos que van de duros y fríos cual roca pero son gelatina inestable con tendencia a caerse.
No te das cuenta, pero la vida pasa, porque en la vida se está. La vida ya no es aquel almacén repleto de recuerdos metidos en cajas de zapatos cansados de merodear por vidas ajenas, de esperanzas que miran por la ventana atadas a la impotencia por la cadena de ese reloj de bolsillo que tu tatarabuelo dejó en herencia a tu abuelo, tu abuelo a tu padre y tu padre a ti; ya no es ese montón de fotos en blanco y negro desteñidas y desgastadas por las miradas de melancolía, ni si quiera ese tendedero viejo y roto de colgar cosas del pasado que han necesitado más de un lavado y en el que aún tienes cosas que se gastarán de tanto lavarlas. 
De repente crees que a la vida se viene a quedarse, a mudarse por última vez, a dejarlo todo preparado para vivir una larguísima temporada, así que abres puertas y ventanas para aquellos a los que buscaste y los que piensas seguir encontrando. Y les haces un hueco justo entre los años llenos de errores y los años llenos de ganas de equivocarse, para que participen, para que tropiecen con tu sonrisa y nunca más quieran salir del pozo o para que resbalen con tus lágrimas y sequen el suelo a golpe de susurros de esperanza y nadie más caiga; para que se queden, aunque con el tiempo te vas dando cuenta de que las habitaciones de invitados están cada vez más vacías y más sucias, menos personas ocupándolas, menos espacio en la habitación, pero más camas incómodas y más paredes de color odio.
Y te desengañas. ¿Entonces qué?
Creo que aún nos toca esperar, de momento toca tirar algún tabique emocional, amueblar alguna neurona y reformar algunos aspectos de tu estructura y fachada y al final, la vida, sucederá.

martes, 6 de enero de 2015

LA HISTORIA DE MIGUEL ÁNGEL

Nació sietemesino y sano. Nació llorando sin llorar, al mirar su rostro parecía que lloraba pero al escuchar no escuchabas nada. Nació con mucho pelo, rizado, sus dedos tenían unas largas falanges y como parecían manos de pintor lo llamaron Miguel Ángel.
Su madre, Amelia, una bondadosa mujer casada por amor con Francisco, su padre, utilizó su último aliento en traer al mundo a su bebé. Francisco, con sentimientos enfrentados, cogió en brazos a su pequeño y lloró durante todo el día.
Miguel creció en el seno de una familia humilde, su abuela Agatha vivía en casa para ayudar a Francisco y suplir la falta que su hija había dejado. Cuando Miguel Ángel cumplió tres años era el único niño de toda la guardería que no hablaba. No tenía amigos, jugaba sólo aunque parecía entretenido. Cuando empezó el colegio tampoco habló, no hizo ningún amigo, no se dirigía a sus compañeros, ni a su profesora, pero tampoco a su padre ni a su abuela. Francisco y Agatha decidieron llevarle al médico y hacerle pruebas pero se quedaron en shock cuando escucharon que Miguel Ángel no era autista, él sabe hablar, lo que pasa es que no quiere.
Siguió creciendo y siguieron también las pruebas hasta que, a los 9 años, descubrieron que era superdotado. Todos pensaron "ahora todo cuadra" pero Miguel Ángel no soltaba ni media palabra. A los 14 entró en la universidad, cursó y se sacó la carrera de medicina, a los 16 la de arquitectura y todo esto sin decir una palabra, sin tener un amigo, sin cruzar una mirada, nadie se acercaba a él, ni si quiera nadie le miraba. Unos meses más tarde murió su abuela. Ágatha tenía cáncer y en su lecho de muerte ahí estaba Miguel Ángel, ella le dijo que quería oírle hablar antes de irse y él quiso hablar pero no sabía que decirle.
Ingeniero y con 20 años murió también su padre. Francisco daba por perdida toda la esperanza de que Miguel Ángel hablara así que le dió una pizarra en la que Miguel Ángel escribió un simple "lo siento mucho". De vuelta a casa tras el funeral de Francisco, Miguel dio un paseo y se cruzó con Lucía. Cruzaron miradas, se sonrojaron, se detuvo el tiempo y Miguel Ángel sintió el amor recorrer sus venas, así que reunió todo el valor que había reprimido y reprodujo las siguientes palabras: "Hola, ¿como estas? Soy Miguel Ángel y tú eres el amor de mi vida, créeme que nunca había hecho esto antes, nunca antes había hablado con nadie, pero tú has hecho que todo eso cambie" Lucía confundida sacó un papel y un bolígrafo y escribió lo siguiente: "Hola, soy Lucía, ¿como estas? perdona pero no he entendido nada de lo que me decías, si no te importa vuelve a repetírmelo de frente y mirándome a la cara, pues necesito leerte los labios porque soy sordomuda".