Yo no necesito hojas, necesito una arboleda para escribir todo aquello que nos queda sin decir, sin cantar, sin llorar, de los adictos al sufrir que prefieren callar y morir que hablar y vivir; de los egoístas cantantes de ducha que reservan su don para ellos mismos, de aquellos que van de duros y fríos cual roca pero son gelatina inestable con tendencia a caerse.
No te das cuenta, pero la vida pasa, porque en la vida se está. La vida ya no es aquel almacén repleto de recuerdos metidos en cajas de zapatos cansados de merodear por vidas ajenas, de esperanzas que miran por la ventana atadas a la impotencia por la cadena de ese reloj de bolsillo que tu tatarabuelo dejó en herencia a tu abuelo, tu abuelo a tu padre y tu padre a ti; ya no es ese montón de fotos en blanco y negro desteñidas y desgastadas por las miradas de melancolía, ni si quiera ese tendedero viejo y roto de colgar cosas del pasado que han necesitado más de un lavado y en el que aún tienes cosas que se gastarán de tanto lavarlas.
De repente crees que a la vida se viene a quedarse, a mudarse por última vez, a dejarlo todo preparado para vivir una larguísima temporada, así que abres puertas y ventanas para aquellos a los que buscaste y los que piensas seguir encontrando. Y les haces un hueco justo entre los años llenos de errores y los años llenos de ganas de equivocarse, para que participen, para que tropiecen con tu sonrisa y nunca más quieran salir del pozo o para que resbalen con tus lágrimas y sequen el suelo a golpe de susurros de esperanza y nadie más caiga; para que se queden, aunque con el tiempo te vas dando cuenta de que las habitaciones de invitados están cada vez más vacías y más sucias, menos personas ocupándolas, menos espacio en la habitación, pero más camas incómodas y más paredes de color odio.
Y te desengañas. ¿Entonces qué?
Creo que aún nos toca esperar, de momento toca tirar algún tabique emocional, amueblar alguna neurona y reformar algunos aspectos de tu estructura y fachada y al final, la vida, sucederá.